miércoles, 19 de junio de 2019

Premios de la Biblioteca







 Cuento ganador curso 2018-19

Mi   ángel

Como de costumbre,  me veo arreglando, fregando, limpiando y pintando los nichos del cementerio con mi madre. En verdad, es algo que no me agrada mucho pero como ella es así de tradicional, no quiero disgustarla y siempre la ayudo. Ella siempre dice que hay que recordar a nuestros difuntos, y por eso  visitamos este lugar muy a menudo.
La veo cargada con su cubo y los paños para sacar brillo a unas lápidas que tienen el color comido  por el sol. Y me asombra la paciencia y el cuidado que tiene siempre al pintar los bordes de las lápidas, intentando siempre no pintar ni un poquito en el mármol, como si en realidad importase mucho, pero para ella, al parecer, sí importa.
El día de hoy está despejado,  aunque hace un poco de frio, y como pronto se celebrará la fiesta de difuntos, en el cementerio hay mucha gente. Si lo pienso detenidamente, no es un lugar  tan feo, sobre todo en estos días, que  hay muchas flores de colores  por todos lados,  y  aunque parezca irónico, es como si  este lugar cobrara un poco de vida. Tantas personas  de un lado hacia otro, con escaleras, y latas de pintura, con flores de plástico o ramos naturales, unos hablando con otros, hay murmullos y ruido por todos lados.
Hoy hemos vuelto para terminar de arreglar algunos nichos que faltaban. El día está nublado y gris, y parece como si fuese a llover, pero aun así hay gente terminando de arreglar las tumbas de  sus familiares.
Mi madre está subida en  una escalera de madera, y yo desde abajo la sujeto con fuerza. Hoy  en el suelo hay algunos charcos, esta noche ha llovido y todo  está húmedo, no quiero que resbale. Cada vez que venimos, nunca me deja subir a la escalera, siempre tiene miedo a que me caiga, piensa que me puedo hacer daño, nunca me deja arreglar esa lápida.
Ya ha terminado de colocar el ramo de flores en el nicho más alto, desde abajo la he escuchado llorar, y al mirarla he visto como se secaba las lágrimas en un pañuelo blanco, y  he observado como durante largo rato acariciaba una figura de  color claro que sobresale un poco de la lápida, y como repetía una y otra vez…. mi ángel, mi ángel.
Hoy la veo muy triste, echa de menos a sus seres queridos,  y apenas ha hablado con nadie desde que entramos en el cementerio.
Ya está anocheciendo, cada vez hace más frio. Ya no queda nadie en el cementerio  solo nosotras  y el enterrador.
Es un hombre muy delgado, moreno y bajito, de aspecto bastante serio, pero a la vez su cara inspira confianza. Venimos tantas veces, que mi madre ya lo conoce bastante. Creo que le está preguntando algo, la verdad es que no los escucho muy bien, me he quedado atrás, entretenida mirando una de mis estatuas preferidas, una que está en la calle principal, encima de una gran tumba negra.
Es de una joven con un vestido largo  y  lleva un ramo en la mano. Mi madre me ha contado que era una novia, que falleció en el día de su boda, y por eso le hicieron esa estatua, para que eternamente fuese una novia. Pero hoy veo la estatua diferente, no parece la misma de siempre, en su rostro apenas observo esa dulce sonrisa que suele tener, y parece una estatua mucho más vieja, más antigua, el mármol no está tan blanco y reluciente como de costumbre, como si hubiesen pasado veinte años por ella.
Ya ha oscurecido casi del todo,  y  de repente, una densa niebla empieza a cubrir el suelo del cementerio, rápidamente me giro hacía la puerta, y  veo como mi madre y el enterrador están cerrándola, es una pesada cancela de hierro y escucho desde lejos como chirría y el golpe fuerte y seco al cerrar el candado.
Empiezo a correr hacia ellos, y parece que no avanzo ni un solo centímetro por más que lo intento. Desde lejos escucho llorar a mi madre, pidiéndole una y otra vez  al enterrador que la deje quedarse, sólo esta noche.
-Solo esta noche…  la escucho gritar.
Y el enterrador la sujeta fuertemente entre sus brazos.
Me paro en seco al ver que no consigo avanzar ni un palmo. Empiezo a notar como si un escalofrío recorriese todo mi cuerpo, noto una brisa helada que me recubre, me envuelve. Ya este lugar no me parece agradable, ya no me siento tan bien como hace un rato cuando estaba junto a mi madre.
Me paro frente a las puertas de cristal de un panteón, y en ellas puedo ver la imagen de  una niña, recubierta de sangre, con una gran herida en la cabeza, y una mirada  negra y vacía.
¿Quién es?
Entonces, bajo la mirada y me miro el cuerpo, soy yo.

Autora: Marina Fernández Fernández 4ºA

Finalistas:
 Raúl Jiménez 2ºC
  (La mansión del final 
de la cuarta calle de la segunda manzana)

Miguel Ángel Verdugo 2ºB 
(La noche)




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